
¿Cómo llegué a la conclusión de que sería la tía solterona? Bien, no fue fácil. Yo me resistía mucho, no quería ver lo que me estaba pasando, no deseaba interpretar las señales que el destino me enviaba. Pero una mañana, al despertar y ver que a mi alrededor no había nadie. Al buscar en mi interior un nombre que me dijera “Tranquila, yo estoy con vos” y notar que sólo reinaba el silencio. Al abrazar fuerte la almohada esperando sentir acelerados los latidos de mi corazón en simultáneo con la imagen que mi mente reflejase y descubrir que sólo podía ver escenas, momentos de mi vida en donde la silueta de mi sombra no tenía más compañía que la sombra de la silla, la mesa, el banco de plaza o la butaca del cine, según sea donde me encuentre; ahí fue cuando de un salto desperté del cuento de hadas y entendí lo que ya estaba destinado para mí. ¿Doloroso? No. Al principio no me causó dolor. Al principio mi reacción fue: “¡Qué bueno!” “A mí no me agarran ni loca con el compromiso” “¡Qué lindo es ser libre, tener tu espacio, disponer de tus tiempos, no dar explicaciones y ahorrarte las escenas de celos!” “Yo ni loca caigo en el matrimonio y mucho menos en tener hijos. Noooo” “¡Qué placer, duermo toda la noche, salgo cuando quiero, donde quiero y con quien quiero” “No hay nada mejor que no tener a un ser humano durmiendo a tu lado, roncando hasta ahogarse, babeando en la almohada o peor en TU BRAZO y haciendo quién sabe cuántos otros ruidos desagradables” “No, a mí no” “Esa vida no es para mí”. Pero después, después sí. Después sentí que el mundo se me derrumbaba. Cuando noté que no tenía con quién ir a donde yo quería. Cuando ya la libertad era DEMASIADA y no podía administrarla para que me cause un mínimo de placer. Cuando mi espacio comenzó a hacerse cada vez más grande y mis tiempos se volvieron eternos. Cuando me encontré explicándole a mi gatita por qué el sábado no iba a estar en casa y cuando mis celos se despertaron al creer ver a mi papá mirando a otra mujer que no era mi mamá. Ahí fue cuando la tristeza se dio permiso para mostrarse en público. Ahí fue cuando se mostró el deseo por tener en brazos a una criaturita que se la pasase llorando y sin dormir de noche, cuando fue muy fuerte la necesidad de quedarme mirando a mi acompañante casual mientras dormía un rato, escuchando su respiración, sus ronquidos, viendo caer débilmente la línea de saliva por la comisura de sus labios y notando de vez en cuando algún que otro ruido ahora no tan desagradable. Cuando todo esto se tornó en momentos indispensables para seguir camino en la vida. Para darle sentido a esta vida. A mi vida. Fue ahí entonces cuando abrí grande los ojos, respiré hondo y dejé caer millones de lágrimas mientras repetía una y otra vez: “ESTOY SOLA”.
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